O ESA ISLA
does straight its own resemblance find;
yet it creates, trascending these,
far other worlds, and other Seas;
annihilating all that’s made
to a green thought in a green shade”
(MARVELL, Andrew; “The Garden” vv. 43-48).
[Mi traducción al final del poema]
unas monedas en tu espalda. Suenan
a quejido o al rumor de aquellas sillas
que el borracho revuelca con su cuerpo.
Caminas y meciéndote en la calle
adormecido entre el viento frío y el
largo de unas nubes y la niebla.
Inclinas la balanza. Y ese peso
se convierte en el humo ante tus ojos
y se pierde, cansado, tras la esquina.
No volverás a oirla. “O esa isla…”
O esa isla que surge casi dulce-
mente del suave olor y el ámbar graso
del día. (Al final de un túnel, o
la perspectiva, o el perfil agudo
del rostro que te ignora). O esa isla
que amontona la arena como un brillo
pálido, el lustre de aquel sol vidrioso.
O esa isla que sangra largas filas
de árboles, largas venas que atraviesan
el papel amarillo de su imagen.
(Un verde pensamiento en esas playas
desiertas, donde fulge, sin arder.
Piel de cuarzo y las hierbas la humedecen).
O esa isla que nutre de apariencia
y de un árbol solemne sobre el valle
al lugar casi lívido del mar.
Pero: sólo discurren los papeles
raspando débilmente como uñas
las paredes, los vidrios y los restos
de basura en montículos al lado
de los postes manchados y el desorden.
Y los cabellos sucios y los dientes
cavados y amarillos por el tiempo,
y los huesos grasientos entre el plástico
quemado y la humareda que se esparce
y penetra en los ómnibus y husmea
a la gente y la gente que resiste
y aguanta respirar (pero no pueden).
Y eres tú quien sacude la cabeza
y cierra la ventana y sigue al fondo.
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“La Mente, ese océano en que cada forma
ya con su exacta imagen se conforma,
aun crea, trascendiendo esos lugares,
otras diversas tierras y otros mares,
cambiando todo aquello que es creado
a un verde pensamiento en verde prado”
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