Me gusta la poesía de Rilke, pero no toda la experiencia que percibo en ella. Esto puede parecer una contradicción o un sinsentido, espero explicarlo con lo que sigue.
Por ejemplo, en algunos casos no caigo en sus conclusiones.
Otoño
“Las hojas caen, caen de muy lejos
como mustiadas en el cielo, en remotos
jardines, caen: como un ademán de rechazo.
Y en las noches, la pesada tierra cae,
fuera de las estrellas, en la soledad.
Todos caemos. Cae mi mano.
Y mira los demás: en todas ellas está.
No obstante, hay alguien que detiene esas caídas
con infinita dulzura entre sus manos. ”
El impulso se detiene pero no tiene sentido esa salvación. Será que no creo en una salvación repentina, que viene de quién sabe dónde. Tal vez si creyera en una providencia divina, esos tres versos finales me harían sentir y compartir la experiencia de Rilke. Pero no basta esto, creo que el poema no funciona por otra razón.
¿Hacia dónde me lleva el impulso del universo en el poema -el universo percibido o el mundo de Rilke-? Hacia abajo. Y eso que empieza con la caída desde el cielo mismo, que el cielo mismo permite:
Las hojas caen, caen de muy lejos
como mustiadas en el cielo, en remotos
jardines, caen: como un ademán de rechazo.
“Ademán de rechazo” es fuerte: el cielo nos rechaza. Esa es la idea que me queda, la sensación que me da la gravedad del poema en este inicio. Y lo que sigue es un derrumbe total, una implosión:
Y en las noches, la pesada tierra cae,
fuera de las estrellas, en la soledad.
Esta caída no es una caída física y emotiva, como en los primeros versos. Es una caída espiritual o de la sensibilidad. Es un ensimismamiento, como si la gravedad de un agujero negro interno aislara a la tierra.