La burla es mía, dijo.
El cuento de esta vida lo cambio cuando quiero.
Y la muerte compone para mí.
Al pararse, temblaba,
mientras sus ojos se torcían
acercando el infinito a su psique.
O a los químicos fervientes
que envuelven las neuronas.
Sea.
La noche acoge el pan de cada día…
pero con más de dos lleno de moho.
Y luego, abre la puerta y grita:
La burla es mía, la noche es mía,
el cielo es cieno en mitad del corazón,
la curva de esta pena cruje
al enroscarse como un hamster en mi pecho.
Nada detiene la mano que lo ayuda.
Cuatro brazos lo enmarcan con sus músculos,
mientras se infla de azúcar el silencio
hasta tensarse en las miradas
inyectadas de pavor de los que juegan
bingo en este cuarto.
El mundo que da vueltas en su cráneo
tiene sabor de hormigas que se escapan
de la radifrecuencia que interfiere
con sus antenas.
Quiere gritar de nuevo pero tiene
un dedo pulgar metido entre los labios
y una mano negra lo asfixia.
Lo meten en un carro y lo desahucian
sin gloria al hospital.
Allí nadie le da idea de qué hace o quién es.
La burla es mía, grita mientras cada espalda
fabrica paredes que lo aíslan.
La música se detiene en su cráneo,
lo deja solo, lo consume
el silencio.
La burla es mía, dice
mientras se muere
y ríe.
De pronto, como una inquietud que nace del contraste entre la autenticidad y la conciencia en este mundo. Es como sentiría a Baudelarie, creo. Y el titulo viene de Darío, un poema cuyo primer cuarteto me persigue: “Era un aire suave, de pausados giros, // el hada Harmonía ritmaba sus vuelos // e iban frases vagas y tenues suspiros // entre los sollozos de los violoncelos”