¿Por qué somos un viaje inútil?
Demos razones, por favor.
Describamos nuestra forma como un proceso.
Somos un río, cierto. Un objeto que no es una materia
pura en su duración, sino una
condensación repentina de gags y de mentiras.
Cambiamos de lugar. Nuestros átomos, como cualquiera
de los objetos que cohabitan el universo,
son meras posibilidades incrustadas en un espacio.
Fluctuamos. Somos irreductibles a la posición o al volumen.
No nos pueden localizar simplemente
por los abrazos o los números.
Somos variaciones de un tema que nadie oyó primero.
Entonces nos definimos destrozando nuestra vida.
O despojando de vínculos cada instante.
O deletreando de nuevo cuatro mismas palabras, de mil formas.
No somos la maleta, ni el boleto, ni el pasaje, ni el cliente
sentado en el medio.
Esta es una analogía, lo entiendo, pero es imposible
encontrar la síntesis de esto.
Regreso al inicio. Somos un viaje, parece.
Y un viaje sin efecto ni beneficio.
Y buscamos las razones para sentirnos tranquilos.
Pero quizá no somos un viaje, sino
sólo el recorrido de la conciencia alrededor de los objetos.
Es decir, parte del viaje.
Supongamos que sí, que lo somos, intentemos probar
que nos lleva a un absurdo.
Ningún viaje es inútil.
Porque inútil significa que no nos afecta, pero
siempre terminamos disueltos en la nada o en el cielo,
como prefiera.
Terminamos dejando la maleta en la estación.
Entonces no somos algo inútil, a menos que reclame
usted que lo útil nos mejora.
Y entonces nunca mejoramos. Lo cual es
imposible de probar porque nadie
estaría de acuerdo nunca porque nadie
puede ser el otro nunca.
Así esto inútil, esto.
Esto es un viaje, circular a la madera del asunto.
Y no me lleva a ningún lado, porque no puedo
probar lo que empecé.
Estoy agotando la paciencia.
Las formas de las ideas estallan por sus bordes.
¿Qué soy entonces sino el viaje inútil por esta soga
alrededor o adentro? El recorrido de mis dedos en su aspereza.
Estos son los callos o los nudos.
Quizá no somos sino lo que no hemos sido.
Eso.
Un grito permanente deleitado en su moverse por el aire.
Sostenido, impulsado por su cuerpo repartido por las cosas.
Átomos dispersos disolviéndose en un orden heredado.
un esquema que es un cuerpo que no es nada pero se siente.
Una continuidad infinita desvaída sobre el tiempo.
Irreconocible luego, cadáver de un naufragio, compuesto y descompuesto.
Intento de adherirse para siempre en cada instante
entregado al universo sin perderse y olvidado.
Y esta línea es el inicio del pasado.
Sin embargo, continúa, haciéndose difícil ubicar
lo que llaman la experiencia en este marco de mentiras que se cruzan:
una red de reflejos para atrapar un pez.
Quizá eso tenga una salida para ser una respuesta.
Digamos, por si acaso, que podría empezarse una disculpa
secando el inicio de la pregunta, reducida a una causa.
El origen de estos cambios que llamamos viaje, el motor que nos mueve
tiene un sitio, un solar con paredes desde donde la noche cultiva los límites del día,
que alberga los espectros y los márgenes: el furor de evadirse y la gnosis de algún vago.
O un hombre que interroga o que mantiene
este canto sin volumen a lo largo de su mente.
Y luego, cuando existe la sucesión y el tráfico con señales,
podremos comprender la superficie
-una copa de vino que lava un largo ayuno.
No podremos
permanecer suspendidos en esta gloria insuficiente.
Regresemos, intuyamos, pensemos con latidos
telegrafiando discursos descriptivos acerca de la vida.
Trífidos los mundos, trípodes las rutas, decían.
Entonces sorprendidos por el flash de una manera,
entramos a otro y otro edificio y otra llanura y otro bosque, y otro mundo de nuevo.
Donde el mapa es sólo el olor de lo posible.
Y oscuros vamos por la noche, sin tocar nada, no sea que perdamos
la consistencia de esta sangre que nos llama.
Cae un casco sobre el asfalto y aúlla el metal que se arrastra y se retuerce
y que nos saca de una sábana blanca, desnudos ante los ojos
de cada muerto posible a lo largo del camino.
Así, aunque no acabe, parece que todo es viaje, si entendemos
viaje como la negación de lo inmóvil.
Y la negación es otro movimiento, igual. Y que se dice ¿volveremos? ¿regresamos?
Puedo concluir algún slogan en la pancarta del vestíbulo en que estamos:
viaje inútil sin razón
o éste otro, que responde mejor a la comida:
no somos sino lo que no hemos hecho.
Bate el sol los vidrios con su lengua
y suena sólo el borde que se olvida de unas sílabas de pájaro.
No puedo concluir de manera que se acabe
este argumento de otro modo a este fin.
No es la tinta la que acaba ni la mano,
es sólo cansancio de una mente diluida en sus maneras,
trasmutada en una tapa provisoria de un barril con nuestros restos,
que se lleva algún camión mientras
estamos sin dormir o despertando.
No tengo excusas para este texto, creo que es una forma de catarsis y una forma de mímesis obsesiva y “reverberante”. Lo dejo ahí para que sea. Espero algo de él, pero no sé qué.